Ahora comienza a derretirse.

—¿Pasa algo?
—No, en realidad.
—Entonces…
—¿Entonces qué?
—Tus ojos están tristes.
—Ah, sí, es que tienen ganas de llorar.
—¿Debe pasar algo, no?
—No, sólo se ha acumulado mucho hielo en mi interior y ahora ha comenzado a derretirse.

¿Sabes cuál es el problema? ¿La diferencia?


Que yo te quiero de noche, de día, cuando estás, cuando no estás, cuando me hablas y cuando no lo haces; pero tú sólo me quieres cuando me necesitas o cuando nadie más está contigo.

No porque me enamoro.


Que me diga que me quiere besar en el cuello a sabiendas de que es mi debilidad o simplemente que me diga que me quiere comer a besos; que me diga que soy preciosa, linda, guapa, bella, hermosa y todas esas cosas; que me diga que le encanta el olor de mi perfume; que me confiese que me echa de menos; que me saque sonrisas donde abundan las lágrimas; que venga a verme a mi casa con la excusa de que vamos a estudiar y lo único que quiere es verme y estar conmigo; que me de esos cálidos abrazos sin previo aviso; que me llame con la intención de escuchar mi voz y no querer llamarme para preguntarme qué deberes había o a qué hora quedamos con los demás; que me haga feliz con solo tenerle a mi lado; que me susurre cosas bonitas al oído; que me diga que soy lo más maravilloso del mundo y me haga sentir especial con cada detalle; que me diga te quiero; no porque me enamoro.

Una pequeña historia.


Llegué un poco antes, los nervios se apoderaban de mí. Empecé a entretenerme viendo las fotos de mi móvil. Poco después oí las pisadas de alguien, miré de reojo y observé que a un paso de lo más normal se acercaba hacia a mí la silueta de una persona. Se estaba acercando cada vez más y más hasta que unas zapatillas se enfrentaron a las mías mientras que un “hola” salía de una armoniosa boca. Acto seguido levanté lentamente mi mirada y me encontré con dos espejos marrones y unos labios ansiosos de besar los míos. Se inclinó lentamente hasta que su intención se cumplió: nuestros labios se unieron por primera vez.
- ¿A dónde vamos?- palabras deliciosas de alguien delicioso.
- No lo sé, me da igual.
- A mí también me da igual.
- Pues así no vamos a ningún lado.
- Lo sé.
Estuvimos unos minutos así, en silencio, pensando dónde deberíamos  ir para estar un rato a solas y para comenzar lo que sería mi primera cita con él.
- ¿Qué te parece si nos vamos a mi portal?- decidí.
-Vamos entonces- aceptó.
Caminamos lo que serían unos diez pasos hasta mi portal, subimos las pocas escaleras, abrí la puerta y nos encaminamos a subir las primeras escaleras que nos llevaban hasta el primer piso. Nos sentamos y yo empecé a hablarle, pero al parecer él no quería palabras sino hechos.
- Sí, esa película me encanta, la he visto como unas cinco veces.
- Que bien.
- El otro día escuché una canción preciosa, lloré y todo.
- Me aburro- ambos nos miramos.
- ¿Y qué te apetece hacer?
- Besarte.
No tengo palabras para describir cómo me miró en ese momento, en aquel lugar con aquella palabra que consiguió que mi corazón latiese a una velocidad inimaginable.
Nos fuimos acercando el uno al otro hasta que volvimos a unir aquellas montañas carnosas llenas del mismo deseo: besar.
Nuestros labios se abrían y se cerraban a contracorriente como pequeñas olas que se unen para chocar contra algún acantilado.
Él con sus fuertes brazos, cogió los míos y se los colocó alrededor de su cuello. Al terminar este simple pero romántico gesto, sus suaves manos se colocaron en mi cintura.
Había mucho, demasiado amor para que un simple corazón pudiese soportarlo. Pero nuestros corazones eran fuertes y resistentes, ambos eran capaces de soportar dicho sentimiento sin dificultad alguna.
No paraba de acariciar su cuello, su cara, su pelo, todo lo que es él. Él en cambio, no soltaba sus manos de mi cintura.
En un momento separamos nuestros labios, nos miramos de una forma indescifrable, y de su boca salió una hermosa frase que acompañaba perfectamente a ese momento.
- Me encantas.
Al oírla no pude evitar besarle, es algo que me supera. Él respondió a mi deseo con más intensidad.
Amor, felicidad, pasión, deseo, cariño, son muchos de los sentimientos que sentía en ese momento con esa persona.
Cuando pasaron unos pocos minutos él se levantó, me miró y cogió mis manos con las suyas para levantarme de aquella superficie dura.
Se puso contra la pared y yo enfrente de él, y continuamos lo que no habíamos terminado. Para mi desgracia llegó mi hora. Me separé de él y le dije:
- Me tengo que ir- susurré.
- No quiero que te vayas- dijo mientras me ponía pucheros.
Al verle con esa carita no pude resistir mi deseo de volver a besarle. Después dije algo que él no escuchó. Me dio la vuelta y acabé de espaldas  a él. Me abrazaba.
- Dime lo que has dicho.
- No.
- ¿Por qué?
- Porque no-le saqué la lengua como si fuera una niña de cinco años.
Y me dio la vuelta para volver a jugar a los coches de choque con aquella zona blanda, cálida y carnosa.
Otro ansioso beso nos sirvió de despedida acompañado de un fuerte abrazo.
Todo lo que pasó y todo lo que sentí están grabados en esas escaleras.
Esa tarde cambió el rumbo de las cosas. Ya no somos amigos, ahora somos novios y estoy muy feliz y completamente enamorada. He encontrado a mi príncipe rosa, y os preguntaréis el por qué, muy fácil, los príncipes azules sólo existen en los sueños y en los cuentos de hadas.
Hay que dejar atrás la fantasía y vivir la realidad.
Eso sí, si el amor llama a vuestra puerta no le deis la espalda, recibidlo con los brazos bien abiertos porque el amor es impredecible.
 Y hay que saber también que el amor es como un rayo, no se sabe dónde cae hasta que ha caído.

Someone like you.




No importa, encontraré a alguien como tú. 
Te deseo todo lo mejor para ti.
No te olvides de mí, te lo ruego.